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040 _cGAMADERO2
050 0 0 _aLCC
245 0 0 _aKI EL DRAMA DE UN PUEBLO Y DE UNA PLANTA /
260 3 _aMéxico
_bFondo de Cultura Económica
_c1962
300 _a243
_bFotografías e Ilustraciones
_c16x27 cm
490 0 _aSERIE
504 _aFondo de Cultura Económica
505 _aÍNDICE El Sureste de México 7 ¿Qué tierra es ésta? .. 40 Una planta del desierto hace carrera 55 Las fiestas y el aguafiestas 77 Salvador Alvarado: Don Quijote 95 Lázaro Cárdenas: La Revolución 120 Los ladrones: La contrarrevolución 137 Acú o el infierno . 153 Dzununcán, o de la estupidez .. 174 Asesinato en Muna 180 Hoctún, piedra arrancada 187 Sus cartas credenciales 192 Un fin que no es el fin. 219 Veinte años después el General Cárdenas visita Yucatán 230 La situación en los últimos seis años 235
520 _aEl Sureste de México EL TREN rueda por el seco altiplano. Cerros trágicos, adustos, amarillos y negros. Magueyes. Millares de agaves giran silenciosos, en rueda oscura, y los hilos del telégrafo se desenvuelven, alargán- • dose como los hilos de un telar, a trechos bordados con pájaros. Descendemos por el dorso de las cordilleras. Abro la ventanilla y el olor de las gardenias me embriaga ligeramente. Inquieta la cercanía del volcán. Es la espalda de Dios que viera Moisés por última vez en la cima del monte solitario. De Veracruz apenas una vislumbre. Portales con mesitas y gente a medio vestir. Suenan las marimbas. Huele a mar, a pescado, a frutas fermentadas. La brisa agita los penachos de las palmeras y las faldas sobre los muslos redondos de las muchachas. No basta un día para acostumbrarse a la luz. Hay demasiada claridad en el espacio marino. A Coatzacoalcos. Otro mundo. Un mundo fluvial, de tierras ne-gras, de ferris, de zapateados, de arpas y guitarras. El timonel en su caseta da la señal y las aguas del Papaloapan se agitan cubiertas de espuma. Desde los puentes veo los autos y los camiones que llenan el ferri. Uno carga naranjas, otro piñas, otro enormes robalos plateados. La sangre escurre y forma un charco espeso y negruzco. Las mujeres tratan de arreglarse el peinado descompuesto por la brisa. Un hombre de rostro amarillo, doblado sobre un serrucho, le arranca largos sonidos quejumbrosos. Las cadenas caen. Se tienden las pasarelas y los autos toman la bera opuesta con el impetu de unos toros a los que de pronto se abriera la puerta del corral donde hubiesen permanecido largo tiempo en-cerrados. Verdes jades tallados son las montañas de los Tuxtlas. Cambia la arquitectura y el sentido del árbol. Es la rama horizontal, el cobijo, el techo, la sombra. Allá la flor sedosa de la caña de azúcar, acá el piñar, la estrella verde en la tierra negra. Palmas, columnas; enredaderas, festones; tabaco en las vegas, café en las alturas. Paraíso. Tengamos cuidado. La Naturaleza se devora a sí misma y sólo podrá ser domada con las máquinas. En medio de tanta riqueza, las cabañas comidas de humedad, la palidez de cera de la gente. Cuando el camión hace un alto, se escucha, ador-mecedor, el zumbido de los insectos. Sobre ese tenue fondo
526 _aIngeniería en Administración
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_bJenny Viridiana Quiroz Linares
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_dJenny Viridiana Quiroz Linares
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